DE PADRE , MADRE Y OTROS CUENTOS

Rafael Flores Montenegro

TORERA

A Rosarito de Colombia

 

            La tarde cae y está llena la plaza de oro y arena que esperan la sangre. Las gradas multicolores y vocingleras también esperan…como esperan los caballos, más que sus jinetes que parecen sombras. A veces un viento suave recorre las sucesivas espirales de asientos ocupados, vuelan mechones de las chicas, sus pañuelos. Oro y arena es lo demás.

            Ya le abren paso al toro con su alzada magnífica y su trotar que no llega a galope, que no llegaría nunca, pero lo alcanza. Un ¡olé! rompe el ruedo, tiembla bajo unas pocas y bruscas nubes que observan desde el cielo. Olé a su alzada, a su casta brava, a esa maravillosa forma de la vida que entrará en la muerte.

            Ya dio su paseo, se solaza y expone a los “Olés”. Y ya embiste; los banderilleros le clavan los primeros dardos. El animal, fabuloso, no parece haber advertido cómo fue. Se azora y enfurece, seguramente el dolor le quema. Ante las segundas banderillas su ira es descomunal, habría atravesado el burladero. Frenó, pero igual rabia tuvo para clavar un cuerno contra la madera. Un hombre, una rata, una increíble rata se le escapó al gato. Entonces encarnó la codicia absoluta del felino. Luego volvió a ser toro, toro para embestir las capas moradas, ese endemoniado viento que esconde fantasmas…enemigo que se desvanece por encima del cuerno mortífero.

            Ya las picas y la furia del animal son definitivas. Hubo “Olés” como nunca antes: había salido la torera. Sabían que era mujer, pequeña, danzarina, muerte de cabriola y fino estilete. Ella saluda y la plaza ruge como otro toro, más bravo. Las mujeres la ven, íntima, temible, casi lejana. Los hombres no saben qué pensar, entre creer y no creer, allí está ella, contra el toro y la tarde. Es casi una diosa.

            Un pase, otro, la ovación, el andar elegante, menudo y fatal. Vuelta a pasarle la capa por los cuernos, el animal resopla, sus fuelles lo agrandan y le dan velocidad de cañón. Pero es inútil, tanta es la destreza de aquella minúscula figura, tanto el estruendo de las voces, tan cerrado el encierro.            

           En pocos minutos las líneas de la vida caminan hacia el final. La torera se ha expuesto y está intacta, ni agitación ni esfuerzo. Danza, danza mientras más se embravece el bruto. En el ruedo ya se sabe quién muere, aunque nada esté dicho. Ella ve, como otras tardes, que es la hora de matar, se lo piden, se lo gritan y, además, ¿para qué alargarlo? Se lo gritan de nuevo: a matar. Le traen la espada. El toro se infla y desinfla intermitentemente, a veces practica una embestida furibunda.            

          La torera despliega su espada, mira el fino acero y mira al toro. Empieza a acomodarse, se pone en línea de matar y…no puede. De los ojos del toro, del cristal mojado de esos ojos, de ese diamante, de ese cristal descomunalmente brillante, ve algo que nunca había visto. El animal la mira, ella apenas se mueve. La mira y no hace nada, pero de sus ojos corren dos hilillos de agua. La torera ve lo indescifrable, unas tablas que ni Moisés. Ve lágrimas en el toro. No puede matar, así no. Se vuelve. La plaza empieza a rugir mientras el toro, inmóvil, espera. La gente brama, el vocerío, la furia ya. Atónito, el apoderado le ordena que mate, que mate o tendrá una multa, incluso la cárcel. ¡Son las leyes! La torera vuelve y le dice que el toro está llorando, que así no puede matar. El hombre le grita: ¿Qué cojones te importa? ¡Son las leyes! Estás provocando un escándalo, la guardia civil nos va a detener. ¡Mata ya! Mientras, con los insultos llueven naranjas, pañuelos anudados y hasta un zapato. De golpe ella recuerda aquella tarde, la primera que salió a los hombros de los muchachos con dos orejas en la mano. Piensa que después de un punto alcanzado todo es inútil.            

        Ya llega ante el toro, apresta su espada y otra vez se aleja de aquellos ojos que merecieron la multa, la prisión, el escarnio, y nunca más la sangre y el oro de la tarde entre la arena.  

Rafael Flores Montenegro “De Padre, Madre y Otros Cuentos”